Otra de Malvinas - El Vórtice Foros ElVórtice.com - Foros, Comunidad, Blogs, Albums y demas





Retroceder   El Vórtice Foros > Comunidad > El Barcito

Avisos

El Barcito El lugar para las charlas generales, y para todo lo que no encaja en otros foros

Respuesta
 
LinkBack Herramientas

Otra de Malvinas
Antiguo 02-abr-2002, 22:22   #1 (permalink)
Ozz
Administrador
 
Avatar de Ozz
 
Ozz no ha iniciado sesión
Fecha de Ingreso: octubre-2001
Ubicación: Costa Rica
Edad: 31
Mensajes: 5.319
Posteos en blog: 26
Ozz tiene un aura espectacular a su alrededorOzz tiene un aura espectacular a su alrededor
Premios de Usuario
Policia del Foro Colaborador & Recibidor Músico El técnico Posteador Ozz Premio Honorifico 
Premios Totales: 6
Post Otra de Malvinas

ENTREVISTA EN UN BAR.

Lo espero en un bar sobre Avenida del Libertador, frente al paredón de la estación Retiro. Llovizna y son pasadas las cuatro de la tarde. Además de mí, hay sólo un cliente más, fumando frente a un café en una mesa bastante alejada de la mía. El mozo conversa con el adicionista, mientras éste recarga servilleteros. Es una tarde espantosa, no dan ganas de salir, pero es lunes y la gente invadió el centro por obligación.
Cuando llega no me cuesta reconocerlo, por alguna razón me resulta fácil intuir que se trata de él. Se ve que a él le sucede lo mismo, ya que camina hacia mí como si me conociese. Al llegar hasta mi mesa me saluda y se presenta –“Pedro Belacierto, encantado”. Lo invito a sentarse. Le propongo que pida algo de tomar, pero me dice que no quiere nada. Insisto. El también. Pido otro café para mí, enciendo un cigarrillo y trato de iniciar un diálogo vanal, por delicadeza, para no ir tan rápido al grano.
Pero él se ve distraído, para nada interesado en mis alusiones al mal tiempo, a lo complicado que resulta viajar por Buenos Aires, a lo tedioso de los lunes. Su actitud me da la sensación de que él sí quiere ir directamente al motivo que nos reúne. Luego de un silencio incómodo me decido a empezar.

-¿Sos sesenta y dos o sesenta y tres?
-Sesenta y dos.
-¿Y la colimba dónde te tocó?
-En el Grupo de Infantería 18.
-Ya no está más, ¿sabías?
-No, no sabía. Parece mentira ¿no?
-¿Qué cosa?
-Que algo así desaparezca. Mientras están son cosas que parecen eternas.
-¿Por qué?
-Son lugares llenos de poder, de paredes gruesas, techos altos, allí deciden sobre el destino de la gente. Si no miráme a mí.
-¿Los cuarteles te parecen indestructibles?
-No sé si todos los cuarteles, pero ese sí me parecía...como decís vos, indestructible. Pero ya no está más. Igual a mí el cuartel me parecía indestructible antes, porque después de la guerra aprendí que las cosas pueden acabarse muy rápido.
-Vamos por partes Pedro, no hablemos de la guerra todavía. Contáme cuál era tu función en el cuartel.
-Yo estaba en una compañía de combate, así que no tenía un laburo dentro del cuartel, como electricista, cocinero o esas cosas. Yo estaba para hacer guardia, retenes, para vigilar. También nos tocaba hacer fajina, limpiar la cuadra, de vez en cuando cortar un poco de pasto, pintar alguna boludéz.
-¿Cuándo te incorporaron?
-El siete de febrero del ochenta y uno.
-¿Cómo fue ese día?
-Una mierda. Me levanté a las cinco porque a las siete tenía que presentarme en el Distrito Militar San Martín.
-Tampoco está más.
-¿En serio?, no te puedo creer.

Se queda pensando un instante. Mira por la ventana. Supongo que la desaparición de esos dos escenarios de su propia historia lo acaba de conmover. Por alguna razón prefiero no preguntar. Dejo que el silencio se prolongue unos segundos y me dispongo a retomar el cuestionario. Pero él se me anticipa.

-A las cinco me levanté, estaba nervioso, ni desayunar pude. Lo que pasa es que cuando te tocaba el servicio militar vos llegabas a ese día sin saber qué iba a ser de vos. No sabías dónde ibas a pasar la noche siguiente, podía ser en un cuartel cerca de tu casa, podía ser en la otra punta del país o también podía ser que te mandaran de vuelta para incorporarte otro día. Era ir hacia lo desconocido, tenías un año por delante que no te pertenecía, lo que te pasara o te dejara de pasar durante ese año lo decidían unos tipos en algún lugar. Vos solamente ibas a esperarlos a donde ellos te decían que los esperes.
Me puse ropa vieja porque me habían dicho que la ropa civil podían afanártela una vez que la entregabas. Y me fui, me tomé el bondi y me fui. Me despedí de mis viejos y salí para el distrito.
-¿Y la primera noche dónde la pasaste?
-En un garage de camiones, metido en una bolsa de dormir sobre un piso de asfalto impregnado en aceite seco. Ahí dormí.
-¿Pudiste dormir?
-Sí pude, dormí mal, pero dormí. Lo bueno era que no me habían llevado a Cobunco o algo por el estilo, estaba cerca de mi casa.

¿Vos querías hacer el servicio militar?
-¿Yo?, ni por putas.
-Pero ahí estabas.
-Y sí, como todos, o casi todos.
-¿Algunos pibes sí querían hacerlo?
-No sé si querían hacerlo, pero a algunos parecía que no les importaba tanto, se lo tomaban de otra manera. Hubo tipos que llegaron al cuartel y enseguida buscaron la forma de adaptarse, de acomodarse, qué se yo. Era como si dijeran “bueno, hay que pasarse un año aquí, así que pasémoslo de la mejor forma”.
-Vos no eras de esa idea.
-No, yo no. Yo no me lo bancaba. Yo entré al cuartel y desde el primer segundo empecé a contar el tiempo que faltaba para salir.
-¿La instrucción cómo fue?
-La verdad, fue menos dura de lo que yo me imaginaba. Antes de que te incorporen todos te hablaban de la instrucción como de un infierno, una prueba llena de sufrimientos. La verdad que, por lo menos a mí, no me tocó nada del otro mundo.
-Contáme cómo era un día en la instrucción.
-El día empezaba a las seis. Dormíamos en un galpón en donde nos habían acomodado en cuatro hileras de bolsas de dormir, serían hileras de treinta tipos, mas o menos: sector “A”, sector “B”, sector “C” y sector “D”. Y bueno, a las seis el suboficial de semana hacía sonar un silbato, te levantabas y te ibas vistiendo de acuerdo a las órdenes que te iban dando: ponerse la camisa, ponerse el pantalón. Después los sectores iban de a uno a higienizarse a una hilera de canillas que habían colocado afuera, era un caño con, no sé, cinco canillas una al lado de la otra. Ahí te lavabas la cara y los dientes. Después entrabas de nuevo al galpón, dejabas tus elementos de higiene y agarrabas el jarro, entonces volvíamos a salir a un playón de asfalto para tomar el desayuno. Todo eso se hacía al trote, “trote mar” decían los milicos. Para desayunar hacíamos fila delante de un recipiente de acero inoxidable en donde había mate cocido, de a uno nos íbamos sirviendo con el jarro y recibíamos un pan. Ese era el desayuno. Después empezaba la actividad del día. A veces íbamos a la mañana al campo de instrucción, o a veces nos tocaba desfile, entonces nos quedábamos en el cuartel. Te digo la verdad, se preocupaban mucho más porque aprendiéramos a desfilar que porque aprendiéramos a combatir.
-¿Por qué decís eso?
Porque pasamos mucho más tiempo practicando desfile que recibiendo instrucción de combate. Daba la sensación de que lo importante era que pareciéramos soldados en lugar de serlo.
-¿Y cómo les enseñaban a desfilar?
-Primero te explicaban como era el paso: el pie avanza con la punta hacia abajo, se da un golpe de rodilla y se asienta el taco. Te enseñaban el movimiento de los brazos y después ponían a un pibe con un tambor para marcar el redoble y nosotros íbamos y veníamos todo el tiempo, con los suboficiales ladrándonos alrededor, raneándonos si consideraban que no íbamos bien alineados o si no asentábamos bien el paso. Te volvían loco. Algunos días venía una banda a tocar, entonces desfilábamos con música. Te reconozco que a pesar de que yo odiaba andar desfilando como un pelotudo, cuando empezaba a sonar la banda me sentía San Martín, el que inventó las marchas militares para dar coraje en la batalla sabía lo que hacía.

-Bueno, ahora contame del campo de instrucción.
-¿Qué cosa querés que te cuente?
-Qué hacían, qué les enseñaban.
-Se ponían en círculo una serie de suboficiales, cada uno dictaba un tema, y nosotros íbamos rotando por ese círculo en pelotones de diez soldados. No recuerdo cuánto tiempo estábamos con cada suboficial, hasta que el oficial instructor hacía sonar un silbato y ordenaba rotar. Y bueno, la mayoría de los que enseñaban no tenían idea de nada, eran cabos de veinte años que se notaba que no podían estudiarse ni una página, era triste. Encima de que apenas sabían lo que tenían que decir, tampoco tenían capacidad para explicar. Esos eran los instructores. Lo único que sabían era cagarte a pedos. Pero había algunos, pocos ¿eh?, que se notaba que tenían vocación, y sabían, sabían mucho y ponían muchas ganas en explicarte, esos tipos te hacían sentir por un ratito que no estabas perdiendo el tiempo, te enseñaban cosas que en el rarísimo caso de que hubiera una guerra te podían salvar la vida.

Cuando dice eso me quedo mirándolo, espero un gesto de bronca, de tristeza, algún sentimiento que le pase por la cara. Sin embargo su expresión no cambia, mientras sus manos juegan con el pinche en donde el mozo clava los tickets.

-En ese momento una guerra parecía imposible.
-Sí, por lo menos para mí. A pesar de que los milicos siempre estaban jodiendo con que en cualquier momento se armaba con Chile, que teníamos que estar preparados, para mí la Argentina no era un país de guerras. Acá nunca pasaba nada.
-Y esos suboficiales que eran buenos instructores, ¿qué les decían?
-Ellos nos enseñaban a usar las armas, a movernos en el campo de batalla, cosas elementales supongo. Me acuerdo un día de un cabo al que le habían ordenado que nos llevara a barrer o juntar hojas, no me acuerdo bien. Y él nos hizo laburar un rato y después nos preguntó si queríamos dejar de hacer esa tarea, obviamente le dijimos que sí. Entonces el dijo que en lugar de hacernos hacer esa boludez nos iba a dar instrucción, y nos hizo simular que tomábamos un nido de ametralladoras. Fue la única vez que hicimos un ejercicio así.
-¿Aprendiste a tirar con un fusil?
-Nos llevaron tres veces a un polígono a tirar, habrán sido quince tiros en total. Yo iba medio preocupado porque todos decían que el F.A.L pateaba mucho, pero no fue para tanto. Me impresionó el ruido de los disparos, seco, potente y ese olor que no era a pólvora, era un olor raro.
-¿Tenías buena puntería?
-Más o menos, no era el peor ni el mejor. El blanco estaba tan lejos que parecía imposible pegarle, pero le pegué. No en el centro, pero le dí. ¿Sabés que pasaba cuando dabas en el centro?
-No.
El marcador, que estaba en un pozo debajo del blanco, agitaba una banderita argentina y te hacían gritar “viva la patria”.

-No, a mí no. Me acuerdo que la última vez que fuimos a tirar me tocó tener al lado a un sargento primero que estaba entre esos que daban instrucción de verdad. Siempre que tirabas tenías un zumbo que te controlaba. Y este tipo tuvo un gesto que me pereció muy bueno. Yo estaba apuntando y él notó que me molestaba la visera del casquete. Entonces me lo puso con la visera para atrás, como si fuera un beisbolista . ¿Te das cuenta?, al tipo no le interesaba el reglamento que indicaba cómo se debía llevar el casquete, para él lo importante es que yo diera en el blanco, que aprendiera a tirar bien. En las islas hacía falta más gente como ese sargento primero.

-Bueno, ¿te parece que ahora sí pasemos al tema de la guerra?
-Dale.
-En algún lugar de tu cabeza, ¿pensabas que te podía tocar estar en una guerra alguna vez?
-Ya te dije que no. Para mí la guerra era cosa de europeos, de yanquis, de japoneses. Nosotros no éramos un país que hacía esas cosas.
-Sin embargo en el 79 habíamos estado a punto.
-Si claro, a punto, pero a la hora de la verdad no pasaba nada.
-Así era como pensabas en aquel momento.
-Sí. Pero ahora, a la distancia me doy cuenta de que estaba totalmente equivocado, y no te lo digo por la guerra de las Malvinas. En la Argentina habíamos estado en guerra cinco o seis años y no me había dado cuenta. No me habían avisado.
-Pero esa no fue una guerra en el sentido estricto de la palabra.
-Si tenés dos bandos que intentan matarse entre sí, tenés una guerra.
-Está bien, pero la represión fue otra cosa.
-¿Por qué decís “la represión”?, fue una guerra. Eso es lo mismo que llamar a la Segunda Guerra Mundial “el ataque”, en lugar de Segunda Guerra Mundial.
-Lo que vos querés decir es que todas las víctimas de la represión tenían un arma en la mano.
-No, no quiero decir eso. En las guerras no sólo mueren soldados, por lo general.
-Malvinas fue un excepción, prácticamente no hubo bajas civiles.
-Así es. Fue una guerra prolijita.
-¿Te parece que por eso fue menos guerra que otras?
-Puede ser. Se supone que una guerra en todo el sentido de la palabra incluye ciudades bombardeadas con bajas civiles. Malvinas no tuvo eso, tal vez porque todo sucedió en dos islas desoladas, sin ciudades para bombardear. Pero te dejo claro algo: aquello fue una guerra, que no te quepa duda.
-Contame cómo fue tu 2 de abril de 1982.
-Me despertó mi vieja, y me dio con bastante entusiasmo la noticia de que habían recuperado las islas. Lo primero que le dije fue: -“estamos en guerra con Inglaterra”, y ella se quedó un poco sorprendida por mi falta de euforia. Para mí, en ese momento no había otra cosa para decir, yo tenía 20 años recién cumplidos y no sabía nada de geopolítica ni de política internacional ni nada, pero me daba cuenta. No puedo entender como el pelotudo de Galtieri supuso que les iba a tocar el culo a los ingleses y ellos se iban a quedar lo más tranquilos. No lo entiendo ahora, ni lo entendí nunca.
-Es decir que esa vez no pensaste que no iba a pasar nada.
-No, porque ya había pasado: no era que las tropas argentinas amenazaban con desembarcar en las Malvinas, ya estaban ahí, habían izado la bandera y mandado a los royal marines de vuelta a Inglaterra. Era un hecho consumado ¿entendés?
-¿Esa mañana estabas en tu casa entonces?
-Sí, porque a mí me habían dado la baja el 5 de marzo.
-¿Y cuando supiste lo de las Malvinas pensaste que te iban a reincorporar?
-Sí, pensaba que me iban a reincorporar. En los primeros días no pensaba que me fueran a trasladar a las islas, pero me imaginaba que iban a volver a llamarme para tenerme en el cuartel, cosa que me deprimía terriblemente. Cuando por fin me había liberado de la vida militar, volvían a meterme dentro de ella. Me imaginaba pasando días interminables tirado en una galería del cuartel esperando que alguien decidiera algo.
-¿Y qué hiciste?
-Lo que hizo todo el mundo, supongo: prenderme de la televisión, de la radio, de los diarios. Trataba de saber qué pasaba. Y a los pocos días ya me fui enterando de que estaban reincorporando gente, ahí terminé de convencerme de que me iba a tocar.
-Es inevitable que en esta entrevista te pregunte sobre el miedo, pero no sé si preguntarte ahora o cuando estemos hablando de la batalla.

Piensa unos segundos, mientras mira hacia el interior del bar. Por un momento pienso que finalmente va a aceptar pedir algo de tomar. Vuelvo a equivocarme.

-Del miedo tenemos que empezar a hablar desde ahora, porque a esta altura de la historia es donde comienza. El miedo fue un proceso ¿sabés?, un proceso que va creciendo y haciéndose cada vez más irracional. El primer miedo, el que se vive cuando uno espera el llamado para ir a la guerra es un miedo más racional que te lo resumiría con esta sensación: se te cancela el futuro. No podés pensar hacia adelante, porque si no sabés en dónde vas a estar en 48 horas, ¿qué sentido puede tener pensar en cosas que debieran pasar en un año?, por ejemplo. Y esa es una de las formas del miedo, es un miedo más meditado, no es instintivo y viseral como el del combate, pero es miedo al fin.

-¿Cómo es vivir con el futuro cancelado?
-Dejás de darle bola a todo lo que vaya más allá de mañana o pasado. Que se yo, no pensás ni en el laburo, ni en tus estudios, ni en casarte, ni en irte de vacaciones, ni nada. Tenés la mente puesta en los minutos o las horas que estás viviendo, porque sabés que de un minuto a otro te puede pasar algo muy trascendente, y muy peligroso.
-¿Y cómo fue cuando finalmente pasó eso?
-El viernes 9 de abril a eso de las once de la mañana sonó el timbre de mi casa, yo miré por la ventana de mi cuarto hacia la calle y vi que era un cartero. Yo rogaba que viniera a traer una cuenta de la luz o del gas, pero sabía lo que traía, estaba seguro. Salí corriendo a recibirlo porque no quería que lo hicieran ni mi viejo ni mi vieja. El tipo me dio el sobre con la inscripción “Ejército Argentino”, yo firmé y me fui para adentro. Fui derecho a mi cuarto, en un pasillo me crucé con mi vieja y le dije a la pasada que ya me había llegado la carta. Cerré la puerta y abrí el sobre, me citaban para presentarme en el cuartel al día siguiente.
-Ya me dijiste que te lo esperabas, pero una vez que tenías la carta en la mano, ¿qué te pasaba por la cabeza?
Lo que más me jodía, como te decía hace un rato, era tener que volver al cuartel. La posibilidad de la guerra me preocupaba, no te lo niego, pero todavía no sabía qué iba a pasar. Lo que era seguro era que en menos de 24 horas iba a volver a la vida militar, cuando todavía no hacía un mes que había recuperado la libertad. Por otro lado mi casa era un drama, mis viejos trataban de disimular frente a mí, pero se les notaba la angustia. Yo trataba de serenarlos diciéndoles que seguramente iba a tener que pasarme una segunda colimba, que andá a saber cuándo me iban a dar franco y esas boludeces; ni les hablaba de ir a las islas. Pero en esas circunstancias nadie se engaña.
-¿Qué hiciste esa última tarde que pasaste en tu casa?
-Creo que no hice nada, no sé, no recuerdo mucho. Estaba para la mierda, pensaba, pensaba todo el tiempo, trataba de saber qué era lo que me esperaba, pero no tenía forma de saberlo. Algunos vecinos y amigos me vinieron a saludar, pero yo no tenía ganas de ver a nadie, estaba en una especie de limbo. Me acuerdo de que lloviznaba y hacía frío, era una tarde espantosa.

Mira por la ventana y se detiene un instante en el paisaje de la Avenida del Libertador. Creo que los dos notamos al mismo tiempo que aquella tarde de 1982 era igual a esta que nos reúne, 18 años después. Mirando la llovizna, trato de imaginar qué se sentirá si en una tarde como esta uno tiene una cita al día siguiente, en un cuartel desde donde tal vez lo lleven hacia la guerra. Pero eso lo sabe solamente él.

-Y al otro día, el sábado, me tomé el bondi y me fui para el cuartel, como tantas otras veces. Habré llegado a eso de las 10 de la mañana y al ver que en la puerta había varios compañeros míos me tranquilicé un poco, me sentí acompañado. No pensaba que iba a volver a verlos tan rápido, pero ahí estábamos. Me di cuenta de que muy pocos pensaban como yo, la mayoría no pensaba que iba a haber una guerra, ellos creían que incluso si nos llevaban a las islas, después de un tiempo nos volvíamos sin que pasara nada. En un principio me consideré demasiado alarmista y traté de tomarme las cosas igual que ellos. Pero no podía, los ingleses ya navegaban hacia el sur y yo sabía desde el primer momento que iba a haber una guerra. Pero igualmente no hablaba con ellos de eso, pensaba que iba a quedar como pájaro de mal agüero y que los iba a preocupar al pedo.
¿Cómo fue la despedida de tus padres?
-Yo traté de despedirme como cuando me había ido en febrero del 81, les decía que no se preocuparan, que era volver a la colimba y nada más. Yo fingía que me iba tranquilo y ellos fingían que me creían. Mi vieja me dio una estampita de Ceferino Namuncurá. Les di un beso y me fui.
-¿Cómo era el ambiente en el cuartel?
-Era un quilombo, había mucha tensión. Bah, siempre había tensión y los milicos andaban a los gritos de acá para allá, pero aquel día había algo diferente, no era la rutina de siempre, había una especie de estado de alerta. Por un lado veías a los pibes recién incorporados de la clase 63 que no entendían nada. Imagináte, si cuando te incorporaban a la colimba común y corriente no entendías nada, cómo podían estar aquellos chicos, que apenas entraban se encontraban con una guerra. Por el otro estaban los de mi clase que todavía no habían salido de baja, esos estaban más tranquilos, se podría decir, y por otro lado estaban los que , como a mí, nos habían reincorporado después de veinte y pico de días de vida civil, estábamos ahí con nuestras ropas coloridas y el pelo ya bastante crecido, reencontrándonos en medio de esa locura. Después estaban los oficiales y suboficiales, en estado de completa excitación, algunos por las complicaciones de organizar semejante despliegue y otros a causa de un inocultable entusiasmo que les provocaba la posibilidad de un bautismo de fuego.
-¿Les entusiasmaba?
-Estaban como locos. Vos imagináte que toda su vida se preparan para la guerra sin saber si alguna vez van a poder poner en práctica su preparación, ni probar su coraje. Por eso cuando la guerra se acerca se acerca su gran momento. No te digo que todos pensaban así, había algunos milicos a los que no les gustaba nada la posibilidad del combate, se veía que si podían evitarlo lo evitaban. Pero otros, ya te digo, no veían la hora de viajar hacia las islas.
-¿Qué hiciste en ese día de regreso al cuartel?
Estuve un rato en la puerta, esperando que nos hicieran entrar. Una vez que entramos –seríamos un grupo de veinte pibes- nos llevaron hacia una de las cuadras y nos dijeron que esperáramos sentados en una galería.
-Tal como vos temías.
-Tal cual, ¿te das cuenta? Ahí estuvimos mas o menos una hora, fumando y charlando. Hablábamos con los soldados que no habían salido de baja y ellos nos iban contando cómo venía la mano. Nos decían que se estaba preparando un contingente para salir hacia Malvinas, no se sabía para cuándo, pero parecía que era pronto. También nos decían que no se sabía muy bien a quiénes les tocaba ir. Todo era bastante confuso. Había rumores de todo tipo, que íbamos a las islas, que íbamos a Puerto Deseado, qué íbamos a la frontera con Chile, que no íbamos a ningún lado. Era un caos, pero duró poco. De pronto apareció un principal que nos tomó los nombres y nos retiró los D.N.I, ahí supe que , pasara lo que pasara, iba a durar mucho. Después nos hizo formar -formar otra vez, yo ya no me acordaba de cómo se hacía- y marchar hacia otra compañía. Cuando llegamos a la cuadra él entró y nosotros nos quedamos formados en la puerta, esperando. Unos minutos después salió un cabo primero con la lista de nuestros nombres, pasó lista y nos ordenó entrar a la cuadra. Adentro había muchos soldados, algunos vestidos con ropa de combate, sin armamento, colocando cosas dentro de sus bolsones porta equipo. En el centro de la cuadra se amontonaban borceguíes, chaquetillas y pantalones de combate. Por una puerta entraban soldados trayendo bolsas de plástico con jabones, medias, dentífrico, cepillos de dientes, crema de afeitar. Otros colocaban bolsas de rancho sobre un rincón. Había mucho movimiento y lo único que se escuchaba era el ruido de las cosas que se iban amontonando y las voces de mando de los suboficiales.
Al grupo donde estaba yo le indicaron colocarse en fila junto a unas camas, y allí nos entregaron nuestra ropa verde y nos ordenaron cambiarnos. Pusimos la ropa civil en bolsas de nylon y quedamos otra vez enfundados en uniforme de milico. Volví a recibir los olores que estaba intentando olvidar: a humedad, a pomada de borceguíes, a naftalina, a aceite de armería. Una vez que estuvimos vestidos nos quedamos ahí, sin saber qué hacer. Hasta que alguien llamó a atención. La cuadra quedó inmóvil y en silencio. Entonces apareció el teniente Espejo. Se paró en medio de las dos filas de soldados y le ordenó a un fourriel que tomara lista. Una vez que todos dimos el presente nos empezó a hablar.
Nos dijo que al día siguiente partíamos hacia las Islas Malvinas. Nos dijo que nos mentalizáramos en que íbamos a la guerra, que teníamos el privilegio de formar parte de un momento histórico y de protagonizar un hecho trascendente para la patria. Dijo también que no pretendía engañar a nadie y que nos iba a hablar con franqueza, entonces nos dijo que él sabía cuándo nos íbamos, pero no cuándo volveríamos, ni quiénes volverían ni cómo iban a volver los que tuvieran esa suerte. Pero que eso no importaba, que a partir de ese momento nosotros teníamos que pensar en una sola cosa: en cumplir nuestro deber como soldados. Después de eso ordenó continuar, entonces la cuadra volvió a su ajetreo anterior, pero las caras ya no eran las mismas.
-¿Qué pensaste en ese momento Pedro?
Pensé que todo había ocurrido demasiado rápido. Yo creía que si me iba a tocar ir a la guerra iba a ser un proceso más lento, más burocrático, con esperas largas y muchas incertidumbres. Pero no, en unas pocas horas se había definido todo y yo me estaba yendo a la guerra. En ese momento pensé en escaparme, en convertirme en un desertor, un marginal. Por terrible que fuera no podía ser peor que la guerra.
-Pero no lo hiciste.
-No, no quise...o no pude, no me animé porque fui un cobarde o no me animé porque fui valiente. Qué se yo, para ir a la guerra y para escaparse hacía falta coraje. No había ninguna decisión cómoda para tomar aquella tarde.
-¿Te arrepentís de lo que decidiste?
-Creo que no.

Pido otro café. No sé él, pero yo necesito un pequeño descanso después de oír esta parte del relato. Mientras preparan mi café, entre los resoplidos de la máquina expresso, nos quedamos mirando por la ventana una vez más. Viendo los autos que navegan en medio de una bruma mugrienta, la gente que pasa por la recova vistiendo impermeables oscuros y húmedos, el muro del ferrocarril tapizado de afiches que sonríen, como si no les importara estar empapados. Cuando mi nuevo café llega, enciendo otro cigarrillo y salgo a buscar a Pedro una vez más.

¿Dormiste esa noche?
-Muy poco, casi nada. Nos acomodaron en la misma cuadra donde nos entregaron la ropa. Las luces se apagaron tarde, habrían pasado las once de la noche cuando terminamos de acomodar todo el equipaje de combate. Entonces ahí nos acostamos y nos quedamos mirando hacia la nada. Algunos insistían en charlar. Yo pensaba mirando el elástico de la cama de arriba. Pensaba en mis viejos, en mi familia, en mis amigos, en mi casa. En todas las cosas que había abandonado y que tal vez no volvería a ver nunca. Era como si en un día hubiese pasado a vivir en otro mundo, en otro tiempo, desde donde mi lugar normal me era inalcanzable.
-Vos estabas en silencio, pero los demás hablaban, ¿de qué hablaban?
-Y, se preguntaban que iría a pasar, cómo sería el viaje, cuándo llegaríamos a las Malvinas. En general, como ya te dije, los pibes no pensaban que íbamos a entrar en combate. La gran preocupación era cuánto iba a durar y cómo iríamos a pasarla allá, si nos tocaría pasar frío, dónde tendríamos que dormir y esas cosas más bien domésticas. Creo que yo era uno de los pocos chiflados que pensaba en las balas y en las bombas.
-¿A pesar del discurso que les habían dado?
-Sí, a pesar del discurso. Porque en general nosotros veíamos a los milicos como unos verseros o unos exagerados. En las formaciones de la mañana, durante todo el año nos habían hablado de estar preparados para entrar en combate, y nunca había pasado nada. También puede ser que muchos negaran la guerra por el cagazo que le tenían, puede ser, puede ser.
-Y a pesar de todo, esa noche algo dormiste.
-Sí, en un momento pasó un cabo primero caminando a lo largo de la fila de camas y nos dijo que dejáramos de hablar y nos durmiéramos, porque al otro día había diana a las cinco y quién sabe cuándo íbamos a volver a tener una cama para dormir. Traté de hacerle caso y dormí un poco, de a ratos y mal.
En uno de los momentos que dormí tuve un sueño muy loco. Soñé que el mismo cartero que me llevó la citación a mi casa aparecía en el cuartel y me buscaba entre todos los colimbas, gritaba mi nombre hasta que me encontraba. Entonces me decía que había habido un error, que no tenían que haberme reincorporado, que le devolviera la carta, así el aclaraba todo y me dejaban volver a mi casa. Yo le decía que no tenía la carta, que me la habían retenido los del cuartel cuando me presenté. Entonces él me decía que no iba a poder hacer nada.
-¿Y vos qué hacías?
-El sueño terminaba ahí, con el tipo diciéndome que sin la carta no había forma de sacarme de allí.

-¿Y al otro día?
-Tal como dijo el cabo primero a las cinco nos levantaron. Nos ordenaron tomar los bolsones y salir de la cuadra. Pusimos todos los bártulos en una galería y desayunamos al aire libre, el clásico mate cocido con pan. De ahí fuimos a hacer fila frente a una de las salas de armas en donde nos entregaron el casco, el fusil y cuatro cargadores a cada uno. Eso me llamó la atención, porque siempre habíamos entrado de guardia con cinco cargadores, y ahora nos estaban mandando a la guerra con uno menos. Después volvimos a tomar los bultos y nos llevaron hasta un patio grande, en donde nos sentamos a esperar. Debemos haber estado como dos horas, hasta que apareció un mayor y dijo que nuestra partida estaba demorada. Entonces volvimos a la cuadra.Y todo ese día fue así, que nos vamos, que no nos vamos, que salimos ahora, que salimos mas tarde. Hasta se llegó a correr la bola de que nos quedábamos porque había llegado la orden de no llevar conscriptos, entonces nos iban a reemplazar por cadetes y aspirantes de las escuelas militares, una boludéz.
Al final, como a las ocho de la noche volvió a aparecer el mayor, nos hizo tomar el equipo y volvimos al patio. Esta vez había varios colectivos del ejércitos estacionados con el motor en marcha. Me acuerdo de que era una noche nublada, húmeda y bastante fría. Cuando vimos los colectivos pensamos “ahora sí”, y efectivamente, subimos y nos acomodamos como pudimos. Entonces apareció un teniente que nos dijo que en la puerta del cuartel había familiares nuestros que habían ido a despedirnos, y que por ellos teníamos que mostrarnos con buen ánimo, no estar bajoneados. Nos dijo que cantáramos cantitos, que hicieramos quilomobo, como si estuvieramos contentos. Nos dio un par de banderas y se fue.
-¿Cantitos?
-Si, cantitos de tribuna...

Canta en voz baja, acercandose a mí, marcando el ritmo con su mano derecha y evitando que alguien más escuche.

-“Ay, ay, ay, ay, que risa que me da, Ay, ay, ay, ay, que risa que me da, si quieren las Malvinas que las vengan a buscar”. Ese era uno. Los colectivos salieron en caravana con todos nosotros cantando, asomados a las ventanillas y golpeando en los costados. Parecía que íbamos a un partido de fútbol.
-¿Vos cantabas Pedro?
-Sí.
-¿Y por qué lo hacías?, vos no pensabas como la letra del cantito de recién.
-Cantaba porque una vez que todos mis compañeros empezaron me resultó contagioso, porque me parecía bien darles una imagen de confianza a quienes se habían acercado a despedirnos, y tal vez, también cantaba para no escuchar mi propio miedo. Todos cantábamos a los gritos, posiblemente por esto último. Cuando los colectivos empezaron a salir hacia la calle lo que se veía era terrible: madres, padres, hermanos, novias, amigos, todos amontonados en la puerta con unas miradas que no voy a olvidarme nunca.
Algunas mujeres lloraban, otros se sumaban a nuestros cantitos, y todos saludaban con las manos, tratando de identificar en la oscuridad a su soldado.
Los autos paraban y empezaban a tocar bocina, acompañándonos. Era una escena terriblemente histérica, porque era una fiesta en donde nadie estaba contento.
-¿Había familiares tuyos?
-Yo no alcancé a ver a nadie, pero tal vez alguien había en el tumulto. Pero en el tiempo en que el colectivo salió del cuartel y se alejó no alcancé a ver a nadie conocido.
-Y así se fueron.
-Sí, la caravana de colectivos se iba alejando del cuartel y de a poco nosotros empezamos a dejar de cantar, hasta que se hizo un silencio denso, pesado, casi nadie hablaba. Empezó a lloviznar y los vidrios de las ventanillas se llenaron de gotitas. Me acuerdo de que traté de registrar ese momento, diciéndome a mi mismo que así era irse a la guerra. A partir de ahí me agarró una especie de obsesión documental, todo lo que ocurría me parecía importante, un hecho histórico y hacía fuerza para no olvidar nada.
-¿Escribiste un diario?
-Sí, pero lo empecé cuando ya llevaba algunos días en las islas. En esos momentos mis registros eran mentales solamente. Un rato después llegamos a la Base Aérea El Palomar. Los colectivos estacionaron en una calle interna, arbolada y oscura y ahí bajamos. Se escuchaba el ruido de los motores de un avión y en la distancia se veían las luces azules de la pista. En ese momento hubo algunos que se empezaron a asustar por el viaje en avión.
-Seguramente era la primera vez que volaban .
-Sí, claro, yo tampoco había volado nunca, pero lo que más me preocupaba no era el avión, sino el destino. Nos tuvieron un rato en esa calle y después fuimos en formación hasta el playón en donde estaban los aviones. Había uno de turbinas que se alejaba hacia la pista, para despegar, y después había dos Hércules con la puerta trasera abierta. Seguía lloviznando y se veían camionetas y camiones que iban y venían. Nos hicieron detener y mientras esperábamos vimos despegar al avión de turbinas. Según nos dijeron unos colimbas de la base, en él se iban para las islas unos pibes de Mercedes. Estuvimos un rato ahí, un suboficial tomó lista y nos empezaron a hacer subir a uno de los Hércules. Cuánto más nos acercábamos más inmenso parecía, mojado por la llovizna, oscuro y silencioso. A medida que subíamos un suboficial de la Fuerza Aérea nos indicaba como ubicarnos. Nos trataba con desprecio porque éramos del Ejército, según él éramos todos unos maricones con miedo a volar, y nos aclaró que nos iba a hacer limpiar nuestros vómitos cuando llegáramos, porque el contingente anterior se lo había dejado todo vomitado y lo tuvo que limpiar él
-Me imagino cómo les habrá caído eso a los que tenían miedo al avión.
-Y los que no le teníamos miedo nos empezamos a preocupar también, ¿y si era cierto?, ¿y si el Hércules se sacudía todo el viaje y nos mareábamos todos?, no sabíamos si nos estaba jodiendo o podía ser verdad. La cuestión es que mientras nos acomodábamos el ambiente era bastante tenso. Algunos hacían chistes para asustar aún más a los asustados, les decían que nos iba a faltar el oxígeno, que los vientos del sur hacían que el avión cayera trescientos metros de golpe por los pozos de aire.
-¿Y al final el vuelo cómo fue?
-Más bien aburrido, interminable. Primero nos llevaron a Río Gallegos. Ahí llegamos de madrugada, todos entumecidos por tantas horas amontonados dentro del Hércules. En Río Gallegos nos cambiaron a un Boeing de Aerolíneas Argentinas. Cuando lo vimos pensamos que íbamos a viajar recontracómodos, pero cuando entramos descubrimos que le habían sacado todos los asientos. Si no no hubiésemos entrado con todos nuestros bultos.Y en ese Boeing hicimos el último tramo del viaje. Llegamos a Puerto Argentino a la mañana temprano, todavía no había amanecido.

-Contáme tu primera impresión al bajar en las Malvinas.
-Al bajar del avión estaba muy oscuro y hacía frío, bastante frío. En el areopuerto se veían pocas luces encendidas. Yo pensé que era por precaución para evitar bombardeos. Pero después, al salir el sol, me dí cuenta de que era porque el aeropuerto era ínfimo, no había más luces para encender. Recuerdo que apenas bajamos del avión, el piloto arrancó y despegó de regreso hacia el continente. Fue una sensación espantosa sentir que el avión se iba y nos dejaba ahí. Había soldados por todas partes, sentados en el suelo o sobre sus bolsones. A nosotros nos ubicaron cerca de otro grupo, eran infantes de marina. Y nos quedamos ahí, tomando fresco, charlando con los infantes, esperando quién sabe qué.
-¿Qué viste cuando salió el sol?
-El sol no salió porque amaneció nublado. Lo que se veía eran montañas bajas, color tierra, con algún poco de verde y piedras gris claro en algunas partes. El aeropuerto, ya te digo, eran un par de galpones y la pista de aterrizaje donde nos entreteníamos viendo el ir y venir de aviones que traían soldados y carga desde el continente. Como a las nueve de la mañana nos trajeron mate cocido y alfajores y nos entregaron raciones frías, pero aclarándonos que las íbamos a consumir cuando se nos ordenara.
-¿Qué es una ración fría?
-Es un paquete con comida que no es para calentar, tenés latas de picadillo de carne, chocolate, galletitas, caramelos y también había un paquete de cigarrillos.
-¿Y cómo siguió ese día?
-Mientras desayunábamos veíamos todo el movimiento en el aeropuerto, que era mucho. Había oficiales que iban y venían verificando qué unidades habían llegado y con cuántos soldados. Cada tanto veías como todo un grupo se levantaba y salía rumbo a la posición que les asignaban. Todo parecía bastante confuso, y los aviones no paraban de traer gente. De pronto apareció uno de nuestros oficiales y nos dijo que nos preparáramos para marchar. Nos pusimos los bolsones al hombro, nos atamos el casco al cinturón, nos terciamos el fusil sobre la espalda y nos encolumnamos. En seguida empezamos a caminar. Ibamos por un camino de tierra, bastante angosto, cada tanto teníamos que corrernos hacia un costado para que pasara un camión, o un Jeep. En ese momento tenía bastante curiosidad, me sentía un poco turista recorriendo el escenario de todo lo que había ocupado los diarios en esos últimos días. Yo quería ver la ciudad, me moría de ganas de ver Puerto Argentino. La vimos después de un rato, al otro lado de una bahía.
-¿Era cómo te la imaginabas?
-Era más chica de lo que me imaginaba, apenas un pueblito de casitas de colores al lado de un mar azul oscuro. Me pareció un lugar pintoresco de todos modos. Yo pensaba –no sé por qué- que caminábamos hacia Puerto Argentino. Pero no, doblamos a la izquierda, rodeando la bahía, pero en lugar de ir hacia las casas, empezamos a dejarlas atrás, salimos del camino y comenzamos a avanzar a campo traviesa. Cada tanto parábamos a descansar, porque con todo el equipo encima caminar era agotador. En esas paradas aprovechaba para mirar el paisaje, veía los aviones que seguían aterrizando y despegando desde el aeropuerto, también vehículos que iban del aeropuerto al pueblo. Todo en medio de un paisaje muy sereno, de campos ondulados con pasto corto y piedras, a la distancia se veían montañas, no muy altas. Por ningún lado se veían habitantes de las islas. Todas las personas visibles eran soldados argentinos. Estaban por todas partes, caminando como nosotros o estableciendo posiciones para defender la ciudad.
-Podría decirse que el lugar te gustó.
-Para ir a pasear sí, pero no estábamos de paseo. Lo que pasaba era que yo trataba de encontrar algo con qué entretener la mente, para no darme máquina.
-Seguí contando.
-Habremos caminado cinco, seis kilómetros y nos ordenaron detenernos. Era casi medio día, entonces nos dijeron que comiéramos las raciones que nos habían entregado a la mañana. Nos sentamos y nos dispusimos a devorar nuestro almuerzo. Creo que yo no llegué ni a abrir una lata de carne cuando se largó a llover. Era una lluvia tupida, helada y empujada por el viento, lo que hacía que nos pegara de costado. No había ninguna posibilidad de refugio, estábamos en medio de un páramo. Y bueno, ya que no se podía hacer nada, seguimos comiendo bajo el aguacero, nos poníamos los cascos para que al menos no se nos mojara la cabeza. Ahí sentimos, apenas llegados, lo difícil que iba a ser la vida en aquel lugar.
Por suerte, la lluvia no duró mucho, aunque igual nos empapamos. Un rato después nos dividieron en pelotones y nos empezaron a indicar en qué lugares cavar nuestras posiciones. Así que sacamos las palas y empezamos a hacer los pozos.
-¿Quienes eran tus compañeros de pelotón?
-Eramos cuatro, el Flaco De la Torre, el Negro Ledesma, Sabattini y yo.
-¿Se conocían entre ustedes?
-Sí, habíamos hecho el año de colimba juntos, nos conocíamos bastante bien.
-Seguí con lo de los pozos.
-Bueno, esa tarde nos volvieron locos, porque empezábamos a cavar en un lugar y al rato nos ordenaban cambiar de posición. Dos veces empezamos el pozo y lo dejamos a medio hacer. El tercero fue el definitivo, lo hicimos mirando hacia un cerro, que después supe que era el Dos Hermanas. Nuestro pozo estaba en la base de un grupo de piedras. Lo empezamos el lunes 12 y lo terminamos al día siguiente. En el piso le habíamos puesto tablas apoyadas sobre piedras, para evitar la humedad, porque en las Malvinas la tierra está como empapada en agua, entonces vos cavás y al rato en el fondo del pozo tenés agua. Como techo le pusimos dos chapas acanaladas y las cubrimos con bloques de tierra con pasto, para mimetizarlo con el terreno.
-Las chapas y las tablas ¿de dónde las sacaron?.
-Salíamos en expedición hasta algún galpón o un corral y siempre encontrábamos algo que confiscábamos en nombre de la patria.

Es la primera vez que le veo un gesto pícaro y un amago de sonrisa. En este punto de la entrevista empiezo a sentir que Pedro está entrando en confianza conmigo. Pero no puedo estar seguro.

-Y esa fue tu vivienda durante la guerra.
-Sí, ese pozo fue mi vivienda durante dos meses.
-Ahora contame cómo era la vida en las trincheras.
-No sé por dónde empezar. Los primeros días mi preocupación era saber dónde estábamos exactamente, arreglar el pozo lo mejor posible y saber cuándo volveríamos, cuándo terminaba toda esa historia. En cuanto a la ubicación, estábamos al sudoeste de Puerto Argentino, de espaldas al cerro Tumbledown, a unos ocho kilómetros del pueblo. Como todo en las islas, el sitio era inhóspito, húmedo y permanentemente barrido por vientos fuertes. Los días de sol eran raros, casi siempre estaba nublado o brumoso, llovía mucho y cuando salía el sol era una bendición. Detrás de nuestra posición, sobre unas rocas había un puesto de ametralladora, una MAG a cargo de un cabo primero de apellido López y dos soldados asistentes. A la derecha, en otro pozo estaban Lacativa, Mascareño, Mirkowsky y Castillo. Todos compañeros míos. Hacia la izquierda estaba la posición de tres Salteños: Soto, El “Guasta” y Anunciatto.
-¿Delante de ustedes ya no había nadie más?
-Cerca no había nadie más, pero en los cerros, como a dos kilómetros estaba el Regimiento 4, no estábamos completamente en el frente. Si nos atacaban por el oeste –como al final sucedió- el punto de choque era a dos kilómetros de nosotros.
-Pero ustedes no sabían desde dónde los iban a atacar.
-No, pero nuestra posición miraba hacia el oeste, entonces tendíamos a pensar en un ataque desde allí. De todos modos si hubiesen venido desde cualquier otro lado, siempre había alguien antes que nosotros, excepto hacia el sur, ese era el sector hacia el cual estábamos más expuestos. Pero igual no sabíamos muy bien cómo estaban distribuidas las posiciones, porque de tanto en tanto algunas cambiaban de lugar. ¿Qué te estaba empezando a contar?
-Cómo era la vida en las trincheras.
-Ah, sí. Bueno, vivir en un pozo es algo que no me imaginé que me iba a llegar a tocar en mi vida. No fue fácil acostumbrarse, era un lugar húmedo, frío, estrecho. Aunque con el tiempo lo fuimos mejorando. Conseguimos velas para iluminarnos en las noches. En una lata hacíamos fuego con turba para calentarnos un poco, con unos pedazos de nylon cubrimos las paredes para hacerlo más abrigado y menos húmedo. Dormíamos en las bolsas de dormir y además nos habían repartido frazadas para cubrirnos. Es increíble como uno llega a adaptarse, las primeras noches me parecía imposible dormir allí, pero con el paso de los días me acostumbré y dormía bien.

-¿Cómo eran esas primeras noches en las que te costaba dormir?
-Escuchaba. Escuchaba el viento silbando afuera, sentía el olor a barro y humedad y era como estar en otro planeta. Pensaba en mi casa y en mi familia y me daba bastante manija. No podía creer que estuviera ahí, en ese rincón del mundo, tan lejos de todo.
-¿Tus compañeros sí podían dormir?
-Ledesma y Sabattini sí. Al Flaco le pasaba como a mí, y nos quedábamos hablando hasta bien tarde. Hablábamos de cualquier cosa, tratando de matar el tiempo y evitando los temas jodidos para no amargarnos. El Flaco me decía que no iba a haber guerra, que no me diera manija al pedo. Yo le insistía con que los ingleses iban a venir. Y el me contestaba que los únicos pelotudos que podíamos viajar hasta ese lugar de mierda éramos nosotros, que los ingleses se iban a quedar lo más tranquilos en sus casas y todo se iba a arreglar negociando. Nunca pudo convencerme, y yo a él tampoco.
-¿A qué hora se levantaban?
-Entre las ocho y media y las nueve. Antes de esa hora todavía era de noche.
-¿Y qué hacías una vez que te levantabas?
-Salía del pozo, entumecido y muerto de frío. Volvía al viento, a la llovizna o a la neblina. Algunas veces había sol. Ibamos hasta las letrinas y después al sector del rancho para tomar el mate cocido. Recuerdo el olor del mate cocido caliente, humeando en los jarros. En los días que todavía llegaba la comida recibíamos el mate cocido, a veces con leche y lo acompañábamos con galletitas. En las Malvinas el pan era un lujo.
-Contame sobre la comida.
-Yo no entiendo por qué de golpe se cortó el abastecimiento de comida. Eso fue ineficiencia, o negligencia si querés. Porque no podía ser. Los ingleses que estaban en marcha permanente, a once mil kilómetros de sus cuarteles no tuvieron problemas de alimentación, y nosotros, que llevábamos días estacionados en un mismo lugar no podíamos tener una cadena de suministros como la gente.
-¿Mientras la comida llegó cómo era?
-Mientras llegó era buena, ningún manjar por supuesto, estábamos en medio de la nada. Pero en aquellas circunstancias un plato de guiso caliente es una bendición. A veces había polenta, alguna barra de chocolate, tomábamos mate con algunos suboficiales.

-Hasta que llegó el hambre.
-Si, claro que llegó. En la guerra el hambre es moneda corriente, pero yo me quedé con la sensación de que nosotros pasamos hambre por inoperancia, no porque faltara comida o medios para distribuirla. En el pueblo había comida para tirar para arriba. Y si en los primeros días se podía distribuir, también se podía después. Lo que pasa es que todo se fue desorganizando y en medio de todo ese caos los que estábamos en las montañas fuimos olvidados poco a poco.
-¿Cómo soportaban el hambre?
-El hambre te hace exteriorizar cosas que están muy guardadas en vos. El hambre te tortura, te malhumora, te vuelve vil o te vuelve heroico. En ese sentido se parece al miedo. Hay quienes por hambre son capaces de traicionar a un compañero y hay quienes en medio del hambre son capaces de compartir lo que consigan, por miserable que sea. Al principio el hambre se siente muy intensamente, en las tripas, en el ánimo, en todo el cuerpo. Después llegás a un punto en el que lo sentís menos, o lo sentís de otra forma. No en el estómago, sino en el alma. Te sentís miserable, muy miserable cuando estás con hambre.
Cuando tenés hambre sentís más frío, más tristeza, más bronca.
-¿Y qué hacían entonces?
-Se había corrido la bola de que en el pueblo había comida, entonces algunos empezaron a escaparse para conseguir algo. Ya fuera robándolo o pidiéndoselo a los soldados que estaban en los depósitos. A veces conseguían papas, o cebollas, alguna lata de dulce de batata, un poco de leche. Pero era riesgoso ir, porque si te agarraban la pasabas mal. Pero cuando tenés hambre te arriesgás.
-¿Vos fuiste a buscar comida al pueblo?
-Yo fui una sola vez con el Negro Ledesma y uno de los salteños. Caminamos los ocho kilómetros que nos separaban de Puerto Argentino, tratando de que no nos vieran. Una vez que llegamos al pueblo estábamos más tranquilos porque nos mezclamos con todos los soldados que estaban allí y ya no llamábamos la atención. Primero nos acercamos a un galpón donde decían que guardaban víveres, pero ahí el centinela nos dijo que nos fuéramos porque si nos agarraba algún zumbo lo iban a encanar a él y a nosotros. Tratamos de ir por atrás, para ver si había forma de entrar, pero no pudimos. Entonces fuimos hasta otro depósito, más chico, de chapa y con cruces pintadas, como si fuera un puesto sanitario. Ahí el salteño se encontró con un pibe que conocía porque también era de Salta. Ese pibe nos dijo que esperáramos alejados del galpón, que el nos iba a hacer una seña cuando tuviera algo para nosotros. Lo estuvimos esperando un rato muy largo, junto con otros que también esperaban, dispersos para que no fuera evidente. Hasta que al final apareció y nos dio una bolsa con garbanzos y dos latas de leche condensada. Era como si nos hubiese dado un manjar en bandeja de plata. Antes de salir del pueblo, abrimos las latas de leche con un sable bayoneta y las comimos con desesperación. Era como si la vida te volviera al cuerpo. Después iniciamos la vuelta a las posiciones, pero habíamos perdido mucho tiempo y en el sur se hace de noche de golpe, las oscuridad nos agarró a mitad de camino. Nos asustamos bastante, primero por temor a que nos descubriera un centinela de los nuestros y nos cagara a tiros o en el mejor de los casos nos deschavara ante un superior. Pero a lo que más le temíamos durante las noches era a los comandos ingleses. De eso se hablaba mucho, nos decían que tuviéramos cuidado, porque de noche los comandos iban a infiltrarse en nuestras posiciones para espiarnos. Los comandos son tipos muy jodidos, muy bien entrenados. Son capaces de acercarse sin que los veas ni los oigas y clavarte un cuchillo antes de que te des cuenta de que los tenés encima. Eso nos psicopateaba bastante, sobre todo cuando estábamos de guardia. Por eso los centinelas tiraban ante el menor movimiento. Todas las noches se escuchaban los tiroteos entre nosotros mismos.
-¿Alguna vez los viste a los comandos?
-No, nadie los vio. Pero sabíamos que merodeaban porque nos contaron que una vez unos tipos estaban buscando chapas para hacer sus posiciones y cuando uno levantó unos fierros explotó una bomba caza-bobos y lo mató. ¿Quién puso esa bomba?, seguro que fueron ellos.
-¿Bueno, y qué hicieron cuando volvían del pueblo?
-Seguimos caminando, no nos quedaba otra. Caminábamos con mucho cuidado, tratando de ser visibles, de no tener una actitud sospechosa que asustara a ningún centinela. Aunque no sabíamos si era eso lo que nos convenía o directamente tratar de ocultarnos, de las dos formas te podían llegar a tirar. Al final un solo centinela nos vió, pero por suerte no tiró, nos dio la voz de alto, le dimos el santo y seña y nos dejó pasar. Finalmente llegamos a nuestros pozos como dos héroes, porque habíamos conseguido comida y porque nuestros compañeros ya empezaban a pensar que nos habían agarrado.
Esa misma noche cocinamos los garbanzos en un casco y los compartimos con mis compañeros de pozo y los salteños. Nos habrá tocado poco más de un puñado a cada uno, pero fue suficiente para sentirnos mejor.

-Pedro, ¿la relación con tus superiores cambió en Malvinas?, ¿fue diferente al trato que había en el cuartel?
-Mirá, allá básicamente cada uno siguió siendo el que era en el cuartel, pero adaptado a las circunstancias. Y esto es tanto para los conscriptos como para los jefes. En todo caso, la guerra acentuó la personalidad de todos.
-¿A qué te referís?
-A que el que era un hijo de puta se hizo más hijo de puta, y que el que era un buen tipo se hizo aún más humano y solidario. Mirá, nuestros superiores en algunos casos estaban tan confundidos como la tropa. Otros estaban en un estado de euforia por la posibilidad de combatir por primera vez en sus vidas.
Corrían de acá para allá dando órdenes: -“esa posición está mal hecha, arréglenla soldados, esa ametralladora hay que ubicarla en otro lugar, ese fusil se está oxidando”, etc, etc. A otros se les notaba que no les gustaba nada la idea de combatir y lo único que esperaban era la orden de volver al continente. Me imagino que esos eran los que se hicieron militares como quien elige un trabajo cualquiera y pensaron que se iban a pasar la vida en un escritorio o en un taller de cuartel. Y de pronto se encontraron ahí, metidos en un pozo, con un fusil, esperando a los ingleses.
-Pero el trato hacia ustedes, ¿cómo era?
-Ahí seguiamos siendo colimbas, así que muchos nos prepoteaban como siempre, les importaba un carajo que tuviéramos hambre y no pocas veces se descargaban su propia angustia con nosotros. Pero también estaban los que se acercaban a charlar con nosotros, los que nos daban consejos para evitar el pie de trinchera, para mantener los fusiles limpios, para que las posiciones estuvieran bien hechas. Eran los mismos tipos que en la instrucción daban instrucción en lugar de boludear. Había un sargento de apellido Altamirano que siempre estaba con nosotros. Siempre le preguntábamos qué pensaba que iba a pasar. Y él nos decía que teníamos que estar preparados para combatir, si después no pasaba nada, nos volvíamos y listo. Pero si iba a haber guerra teníamos que estar listos, nos insistía en que no nos bajoneáramos, que no fuéramos descuidados con el armamento, porque en la guerra sobrevive el que hace las cosas bien. Gracias a Altamirano supimos cosas que nadie nos había informado nunca. Por ejemplo, una tarde se apareció con un mapa y nos reunió para explicarnos nuestra posición, porque como él decía “no tienen ni la más puta idea de donde están parados”. Si no fuera por eso ninguno de nosotros hubiese sabido nunca cómo estábamos ubicados. También él nos decía desde donde nos podían atacar los ingleses y cómo teníamos que defender la posición. Pero todo eso lo hacía por iniciativa propia, hubo pibes que no tuvieron la suerte de contar con un Altamirano.

-¿Escribiste cartas?
-Sí, les escribí a mis viejos y a algunos amigos.
-¿Qué decían tus cartas?
-Mentiras. A nadie le conté la verdad de cómo la estábamos pasando porque no quería que mis viejos se preocuparan. La verdad es que eran cartas bastante estúpidas: hace frío, me aburro, ojalá volvamos pronto, estoy bien, escríbanme.
-No contabas lo que te pasaba.
-No. Las cosas que sentía y pensaba las iba escribiendo para guardármelas y leerlas cuando todo terminara y ya no hubiera nada que temer.
-¿Y a vos también te escribían?
-Sí, me llegaron dos cartas de mis viejos y mis amigos me contestaron escribiéndome una carta larga entre todos. También me tocó una de las “cartas a un soldado argentino” que escribían los chicos de los colegios.
-¿Te hacía bien recibir esas cartas?
-La primera vez que me llegó carta de mis viejos me puse mal, me deprimí bastante porque empecé a extrañarlos todavía más. Con las cartas que siguieron fue diferente, las recibí con un poco más de alegría. Todos trataban de darme ánimo, me escribían chistes. Ellos también trataban de disimular. En las dos cartas de mis viejos me decían que me habían mandado una encomienda con golosinas y otras cosas. Jamás recibí ninguna.
-¿Reclamaste?

Me mira con una semi-sonrisa y una mirada que me hace sentir un poco estúpido. Decido cambiar de tema.

-¿Y la “carta a un soldado argentino” qué te decía?
-Era de una nena de quinto grado de una escuela de Entre Ríos. Decía que estaba orgullosa de nosotros porque estábamos defendiendo a la patria, me pedía que me cuide y me decía que iba a rezar por mí todos los días. También había un dibujo de las islas y de una bandera argentina. Recibir esa carta me hizo pensar en que estaba dispuesto a ir a la peor de las guerras por la gente de mi país. La gente de verdad, no los jerarcas militares ni los políticos. Por gente como esa nena de quinto grado vale la pena encarar una guerra suicida, si fuera necesario. Pero no para salvarle el culo a una dictadura en decadencia. Y ojo que tampoco me olvido de que teníamos toda la razón del mundo en reclamar las Malvinas. Pero en el campo de batalla tener razón no alcanza para ganar.
-¿Tuviste algún contacto con los kelpers?
-No. Teníamos prohibido hablar con ellos, y además yo estaba en un lugar alejado del pueblo. Salvo ese día en que fuimos a buscar comida con el Negro, nunca estuve cerca de los pobladores.
-Pero los viste.
-Sí, claro que los ví.
-¿Qué impresión te causaban?
-Yo los veía y pensaba –“pobres tipos”, porque se veía que estaban muy asustados y con mucha bronca hacia nosotros. Imagináte que de pronto su pueblito apacible se les llenó de soldados que les cambiaron la bandera, les ocuparon el hospital, el correo, el hotel. No debe haber sido fácil para ellos, sobre todo con la fama que tenían los militares argentinos a partir de la dictadura. Pero que se jodan, porque los usurpadores son ellos. Lo que pasa es que ves chicos que no tienen nada que ver con la guerra y te da pena. Decí que por suerte a los civiles se los respetó siempre. La verdad es que esa gente parece escapada de un cuento, porque son un simulacro de ingleses que viven en dos islas en el fin del mundo y tienen como vecinos más cercanos a países que ellos desprecian. Están solos, en medio de un mar helado, castigados por el viento y la nieve; y se supone que pertenecen a un país, pero la verdad es que nunca pertenecieron del todo. Son muy raros, viven en un mundo a parte.
-¿Te sentías un invasor?
- Nunca. Ninguno de nosotros se sentía un invasor, simplemente porque no lo éramos. La única parte coherente de aquella guerra es que reclamábamos algo que nos pertenece. Lo reclamábamos fuera de tiempo, mal preparados, sin sustento político, pero el reclamo era legítimo.
-¿A vos y a tus compañeros les importaban las Malvinas?
-A la gran mayoría sí. Había algunos que decían que esas islas de mierda no nos servían de nada, que había que regalárselas a los ingleses. Pero eran excepciones. Para la mayoría era importante que ese territorio fueran nuestro.

-Pedro, ¿las islas eran cómo vos te las imaginabas?
-La verdad que no. Yo creía que el paisaje era como Bariloche: cerros nevados, pinos, lagos. Y la verdad es que es completamente distinto. Es un paisaje muy desolado, sin árboles, tierra pelada y fría. Pero es lindo en cierto modo.
-Contáme cómo viviste el primer bombardeo el primero de mayo.
-Fue un momento difícil, porque nos confirmó la guerra. Estábamos durmiendo y nos despertaron las explosiones, se escuchaban a lo lejos. Me acuerdo que el Flaco De la Torre dijo que debían estar probando los cañones los de nuestra artillería, entonces el negro se asomó y nos dijo que se veía fuego para el lado del aeropuerto. Todos salimos de los pozos en medio de la noche. No era mucho lo que se veía, un resplandor de incendio a lo lejos. Pero los bombazos habían retumbado con un sonido espantoso, al que al final nos acostumbramos, pero oírlo por primera vez te congela la sangre.
-¿Qué pensaste en ese momento?
-No recuerdo muy bien qué pensé. Qué se yo. Eso era algo que yo estaba esperando, que sabía que iba a pasar. Pero era la primera vez en mi vida que escuchaba un bombardeo, y por más que te lo veas venir te impresiona.
Esa noche prácticamente no dormimos. Estábamos pendientes de que hubiera nuevos ataques, pero no pasó más nada. Al día siguiente nos esteramos de que había habido muertos y eso nos puso peor. Ya te digo, el primero de mayo se nos confirmó la guerra, tuvimos la evidencia de que teníamos al enemigo en frente. A partir de ahí hubo ataques casi todos los días en que el clima permitía volar. El ruido de los Sea Harrier era bastante inquietante también, es un zumbido agudo, cómo una ráfaga que pasa a toda velocidad. Nada que ver con el ruido de un avión de pasajeros. También veíamos a los aviones nuestros y aprendimos a diferenciarlos por el ruido. Ver a los Mirages de la Fuerza Aérea a mí me daba cierta sensación de protección, el cielo no era de los ingleses nada más.
-Había comenzado la guerra , Pedro.
-Sí. Y lo peor no eran los aviones sino los bombardeos de la artillería naval durante la noche. No recuerdo la fecha, pero una noche yo estaba de guardia a unos cincuenta metros de mi pozo, envuelto en una capa de plástico porque lloviznaba. Entonces escuche unas explosiones a mucha distancia. Pensé que estaban bombardeando otra vez la zona del aeropuerto, pero después de unos segundos escuché un ruido, como de algo que volaba a toda velocidad e inmediatamente hubo tres o cuadro estallidos como a doscientos metros de donde yo estaba. Los vi claramente, unos fogonazos y chispas que saltaban hacia todas partes. Después supe que no eran chispas, sino esquirlas, pedazos de acero al rojo vivo. Me quedé petrificado, hasta que escuché la voz del teniente Quevedo que me gritaba que me cubriera. Me tiré al suelo, y entonces empezaron a caer bombas, una andanada tras otra. El teniente me ordenó volver a mi pozo para refugiarme y nos pasamos toda la noche escuchando los bombazos. Yo sentía que el corazón me iba a explotar y nadie hablaba en el pozo. Todos estábamos pensando lo mismo, rogando que una de esas bombas no cayera encima nuestro.
-No había nada que pudieran hacer.
-Nada, estábamos librados al destino. Para mi era como estar en un gran tablero de ajedréz. Si la bomba caía en tu casillero te mataba, y si no seguías viviendo. No había a donde ir, ni ningún refugio capaz de resistir un impacto directo. Era estar ahí y confiar en la buena suerte.
-¿Esos bombardeos eran siempre nocturnos?
-Por lo general sí, lo hacían para agotarnos psicológicamente, para que no pudiéramos dormir, para obligarnos a pasar las noches en tensión.
-¿Solamente para eso bombardeaban?
-Bueno, no, también se producían bajas de vez en cuando. Pero de acuerdo a la cantidad de bombas que nos tiraban la cantidad de bajas no era alta en ese momento, porque todos nos refugiábamos en los pozos.
-¿Hubo bajas cerca de tu posición?
-Una vez. Hubo una noche en que el bombardeo se concentró en nuestra zona. Las bombas caían muy cerca, sentíamos temblar la tierra y en el aire había un olor raro que producen las cargas al explotar. Esa noche una bomba cayó muy cerca de una posición y un montón de piedras y tierra sepultó a los que estaban adentro. Uno de ellos murió, era un soldado. Fue el primer cadáver que vi en la guerra.
-¿Tus compañeros de pozo cómo reaccionaban ante todo eso?
-A todos nos asustaba, pero tratábamos de disimular. Por una cuestión de orgullo, pero también para no bajonear a los demás. Yo sé que ellos sentían los mismo que yo, pero poco a poco iban tomándose los bombardeos con mayor tranquilidad. Sabattini era el que más se asustaba, o el que más lo demostraba. Se quedaba en un rincón, en silencio. El Flaco trataba de no alterar sus rutinas: si cuando empezaban a bombardear él estaba comiendo, seguía comiendo. En eso lo fuimos imitando todos. El Negro Ledesma tenía la maldita costumbre de asomarse para ver como caían las bombas. Nosotros lo reputeábamos, le decíamos que se metiera en el pozo, pero él no nos daba bola, “si están cayendo lejos” nos decía, y se quedaba mirando lo más entretenido.

-¿Cómo se llevaban con los salteños?
-Nos llevábamos bien, eran buenos pibes, siempre estábamos juntos, compartíamos todo lo que nos pasaba. Sin embargo pensábamos muy diferente, se daba la diferencia que siempre hubo entre los soldados del interior y los de Buenos Aires. Los del interior vivían el servicio militar de otra manera, con menos rebeldía. Ellos eran menos desconfiados, creían más en sus superiores y obedecían más que nosotros. Ellos tenían presentes ideales que para nosotros eran en cierta forma dudosos.
-¿Cuáles?
-La Patria, por ejemplo. Para ellos dar la vida por la patria era algo que no se discutía, eso estaba bien y no tenían ninguna duda. En cambio los porteños éramos más cuestionadores: nos planteábamos qué sentido tenía una guerra, si esas dos islas eran tan importantes como para hacerse matar, y tampoco faltaba el que no tenía el menor interés en entregar nada por nadie. Los pibes del interior estaban más convencidos de la legitimidad de la autoridad de quienes nos mandaban. Así eran los salteños, ellos se la aguantaban con mayor resignación.
-¿Resignación o convicción, Pedro?
-Una cosa lleva a la otra. Si estás convencido de las razones para estar en una trinchera te resignás a dormir sobre el barro o a cagarte de frío.
-¿Hablaban de estas cosas con ellos?
-Sí, y discutíamos bastante. Pero sin llegar a pelearnos, porque al fin y al cabo estábamos todos del mismo lado. Ellos se burlaban de nosotros porque decían que éramos unos maricones que nos quejábamos todo el tiempo, y nosotros les decíamos que eran unos boludos porque no se daban cuenta de que nos estaban usando. Y yo estoy convencido de que teníamos razón, pero eso no nos hacía mejores, porque no podíamos hacer nada que evitara la guerra.
-¿Vos creés que ellos eran unos boludos?
-No, no es justo ser despectivos. Eran pibes que asumían que tenían un deber que cumplir y estaban dispuestos a cumplirlo. ¿Sabés qué?, ellos parecían soldados profesionales, no conscriptos. No se comportaban como si estuvieran obligados a estar allí. Esa era la gran diferencia. Yo siempre sentí que estaba en la guerra por un sorteo, ellos sentían que estaban porque era su deber. Claro, no tenían ni el entrenamiento ni el sueldo de un soldado profesional, pero tenían la actitud.
-¿Eran mejores soldados que los porteños?
-Si le preguntás a cualquier oficial o suboficial del interior te va a decir que sí. Pero yo estuve en el combate y vi lo que pasaba. Todos estábamos igual de mal adiestrados , y las batallas no se ganan con actitudes, se ganan haciendo lo correcto. Yo puedo estar dispuesto a morir por la patria, pero si no me enseñan a matar al enemigo, la guerra la gana el otro.
-Ahora que mencionás la batalla te voy a hacer una pregunta que puede ser muy estúpida, pero necesito hacértela, ¿combatiste?
-Claro que combatí. Estuve en el frente.
-Te hago esta pregunta porque pienso que existe la sensación de que los conscriptos se rindieron al primer disparo. Nadie los culpa por eso, pero es como si nadie quisiera asumir que entraron en combate.
-Yo no puedo asegurarte que en algunos casos no haya ocurrido lo que vos decís. Pero donde yo estuve los colimbas combatimos.
-Bien, empecemos entonces a hablar de eso.
-Yo te pondría como punto de partida el 21 o 22 de mayo, cuando nos enteramos de que los ingleses habían desembarcado.
-¿Cómo se enteraron?
-Nos reunieron a todos y nos lo anunció el jefe de compañía. Hasta ese momento los ingleses estaban en el aire o en el agua, o espiándonos sin atacarnos. Pero ahora estaban en la misma isla que nosotros y en cantidad. Te aseguro que empezamos a mirar hacia las montañas de otra manera. Además yo siempre me había imaginado que iban a desembarcar cerca de Puerto Argentino y que iban a atacar por el Este, por el Sur o por el Norte. Nunca me imaginé que se iban a venir desde el Oeste. Y eso era lo que parecía que estaban por hacer. Por lo tanto, nuestras posiciones quedaban entre las primeras líneas.
-¿A qué distancia de donde vos estabas desembarcaron?
-A unos ochenta, cien kilómetros, mas o menos. Entonces a partir de ahí fue esperarlos, tener el fusil limpito, revisar las municiones. Y mirar hacia el horizonte, esperando descubrir una silueta, algo que se mueve. Y a partir de ahí algunos pibes empezaron a deprimirse mucho. Se dieron casos de colimbas que se pegaron un tiro en un pie para que los evacuaran al continente. Eso era muy triste, muy desesperado.
-¿Alguna vez pensaste en hacerlo?
-No, nunca me hubiese animado. Creo que estaba más dispuesto a suicidarme en una situación sin salida que a hacer eso.
-¿De verdad?
-Absolutamente. Yo le tenía miedo a la muerte, pero lo que más me espantaba era la posibilidad de que me hirieran, de sufrir, de quedar mal.
-¿Qué pasa por la mente de alguien que está esperando a su contrincante para hacer la guerra?
-Te pasan tantas cosas. Yo buscaba desesperadamente la forma de salir de esa situación, de escapar. Pero no había forma, para mí al menos. Después, ya te conté que desde que supe de la guerra no podía pensar en el futuro. En esos momentos eso se acentuó, para mí pasado mañana era largo plazo. Vivía cada minuto, pensaba en si sería valiente o cobarde, en si saldría vivo, muerto, herido. Ileso nunca, porque el solo hecho de experimentar la guerra te deja heridas emocionales. Nadie vuelve ileso de ahí. Pensaba en mis compañeros, a quienes veía como todo lo que tenía en el mundo. Ellos eran mis amigos, mi familia, mis enfermeros, mis defensores. Estábamos muy unidos y si hubo algo que me predispuso a enfrentar a los ingleses fueron los muertos y los heridos que nos habían provocado. Quería vengarlos, ya no importaba tanto que Galtieri estuviera loco, si teníamos oportunidad de ganar o no. Habían matado a pibes como yo, y eso me enfurecía. Sobre todo después de Darwin.
-Contáme.
Un día apareció el sargento Altamirano y nos contó que los ingleses habían tomado Puerto Darwin y Goose Green. Que había habido muchas bajas, que había sido muy jodido. Nos dijo que los oficiales no nos querían informar, pero el pensaba que teníamos que conocer la verdad, por eso nos lo dijo. No lo decía triste ni alarmado. Hablaba con serenidad, nos decía que teníamos que prepararnos y que él confiaba en nosotros, que éramos sus soldados, que él nos había instruido y que íbamos a cagar a tiros a los ingleses. Yo tenía bronca porque estaban matando a los nuestros, y como no podía elegir quedarme o irme trataba de usar la bronca como energía. Pero Altamirano nos decía que no había que odiar al enemigo, que ellos eran como nosotros: soldados cumpliendo con su deber. Eso es algo que nunca voy a entender, yo le decía “si no los odiamos ¿por qué vamos a matarlos entonces?, vámonos todos a casa y que los diplomáticos arreglen todo”. Yo no nací para ser militar, nunca voy a entender la guerra, pero estaba ahí.
-¿Vos querés decirme que los militares de carrera no sentían odio por los ingleses?
-La mayoría sí. Pero justamente los que tenían mayor vocación de soldados, como Altamirano, se lo tomaban de esa forma. Eramos enemigos porque las circunstancias nos ponían en esa situación, pero no había nada personal. Nos íbamos a matar y a mutilar porque éramos soldados y nos habían ordenado entrar en combate, no porque nos detestáramos. Eso nunca me va a caber en la cabeza. Porque si se puede llegar a pensar así, en forma tan desapasionada,
-hasta te hablaban de respeto por el enemigo-, ¿porque no dábamos un paso más, uno solo, y evitábamos la guerra? Yo decía: si nos vamos a matar matémonos en serio. Por ejemplo ¿por qué no voy a disparar contra un helicóptero que lleva heridos?, si esos heridos cayeron porque mientras venían a matarnos nosotros les dimos primero. Entonces Altamirano me decía “porque los heridos están fuera de combate, no tiene sentido matarlos”. Entonces yo volvía con mi idea de dar un paso más y directamente no pelear. Si se podía respetar a los del helicóptero podíamos respetarnos todos. El se sonreía y me decía que ya iba a entender. Hasta ahora no entendí.
-Habían tomado Darwin, Goose Green, ¿y los que seguían eran ustedes?
-No podíamos saberlo con exactitud. No sabíamos qué camino iban a tomar los ingleses. Pero si se venían derecho desde donde estaban a los primeros que se topaban era a los que ocupaban Dos Hermanas y Monte herriet, después estábamos nosotros. Hasta unos días antes había soldados en el Monte Kent, que estaba más al frente. Pero a esos pibes los habían mandado a Darwin, como refuerzo. Estábamos casi en primera fila. Pero no sabíamos si iban a dar un rodeo y venirse desde atrás, por el costado o por dónde. La tensión era tremenda, ya no quedaba nadie que pensara que no iba a pasar nada. Todo sabíamos que el comienzo de la batalla era cuestión de días o de horas. Durante el día mirábamos a la distancia tratando de ver algo, de descubrir a los ingleses. Pero rara vez los podíamos ver. Las noches siempre habían sido tensas, pero ahora eran insoportables. Cada ruido, cada sombra, cada movimiento podía ser el comienzo del ataque. Eso nos producía un gran desgaste.
-Decís que a veces podían ver a los ingleses a la distancia, ¿qué era lo que veían?
-Veías un puntito en el cielo, y era un helicóptero. Con binoculares se podía ver a los soldados patrullando a la distancia. Pero era muy poca cosa lo que se veía.
-¿Qué te parece si volvemos a hablar del miedo?
-Te va a parecer raro, pero a esa altura de la historia, aún con toda esa tensión, no habíamos conocido el miedo más terrible: el miedo del combate. Pero no te voy a negar que las noches –por ejemplo- tenían momentos aterradores. Una noche muy brumosa, mientras hacía mi guardia me pareció escuchar el ruido de una radio, fue muy breve, como si se hubiese podido oir un pedazo muy fugáz de un diálogo por radio. Era una noche silenciosa, sin viento, pero al haber bruma el oído está solo, porque no se lo puede ayudar con la vista. No tenía la menor idea de desde dónde había venido el sonido, ni estaba seguro de haberlo escuchado verdaderamente. Estuve media hora agazapado detrás de una piedra, esperando, escuchando, con los nervios crispados, mirando hacia los cuatro costados para evitar ser sorprendido. Ahí sentí miedo, miedo a que me cayera por la espalda un tipo con un cuchillo, a volver a mi pozo y encontrar a mis compañeros muertos, a que se acercara uno de los nuestros y por estar tan tenso cagarlo de un tiro. Te pasan muchas cosas por la cabeza y todas significan los mismo: miedo.
Esa noche no pasó nada. Y jamás supe si lo que oí era producto de mi imaginación o no.
-¿Hablabas con tus compañeros del miedo?
-Yo no, a mí me costaba reconocer mi temor. Me avergonzaba un poco. Otros no tenían problemas en contar que estaban asustados, o que tal cosa los había atemorizado. Eso iba en cada uno. Pero todos sabíamos que el miedo era parte de todo aquello. El mismo Altamirano, con toda su pasión de combatiente, nos aclaraba que la valentía no es no sentir miedo, sino saber controlarlo. Según él, el que no siente miedo es un loco, un suicida, y por lo tanto un mal soldado. Una vez el Flaco de la Torre le preguntó “¿y usted tiene miedo mi sargento?” Entonces él pitó su cigarrillo y le dijo “-Después de la batalla te cuento soldado”.

-Bueno Pedro, ¿qué pasó al final de esa espera?
-La noche del once de junio fue una noche rara: empezó con un cielo limpio, lleno de estrellas y con una luna inmensa, pero con al paso de las horas se nubló, llovió, nevó. Parecían varias noches dentro de una sola.
Mientras estaba despejado nos sobresaltó una serie de disparos que venían del Monte Longdon. Nos asomamos y vimos los destellos rojos de las municiones trazantes a medida que el ruido se hacía más intenso. Era una multitud de tableteos secos y lejanos. Por momentos todo quedaba en silencio y de pronto volvía a comenzar. En lo alto empezaron a aparecer bengalas iluminantes que proyectaban una luz blanca e intensa. Todos mirábamos esa batalla en silencio con el corazón sacudiéndose dentro nuestro. La aparición de un cabo primero nos sacó de ese estado hipnótico. Nos dijo que tomáramos posición, teníamos que estar listos. Porque si los ingleses estaban atacando el Longdon posiblemente nos atacarían a nosotros también, nos aclaró que no disparáramos a menos que nos lo ordenaran y se fue ladera abajo. La tensión se podía percibir en toda la montaña. Cada tanto se escuchaban voces y algún grito impartiendo órdenes. Todos estábamos en nuestros pozos con los fusiles listos, apuntando hacia la noche. A nuestra derecha los ruidos y las luces del Longdon continuaban. Recuerdo que por un rato tuve unas terribles ganas de orinar, hasta que por alguna razón se me fueron. Sentía la boca seca y no podía detener los golpes del corazón que latía a toda velocidad. De tanto en tanto hablábamos entre nosotros, susurrando. Recuerdo que el Negro Ledesma se preguntó varias veces qué carajo estábamos haciendo ahí. Después de un rato me sentí entumecido y con las piernas doloridas. Sin darme cuenta había estado casi una hora en la misma postura, con los músculos rígidos. Traté de acomodarme un poco, de salir de esa parálisis que me provocaban la tensión y el frío. Sin darme cuenta me encontré diciendo “si van a venir que vengan de una puta vez”.
Fue como si me hubiesen escuchado. De en medio de la nada empezaron a salir trazadoras que volaban hacia nosotros, y el mismo ruido del Monte Longdon ahora estaba frente a nuestro pozo, pero mucho más intenso. Empezamos a ver siluetas bajo la luz de la luna que aparecían y desaparecían entre las piedras, que corrían de un lado a otro. Por encima de nuestra posición la ametralladora del Cabo Primero López comenzó a disparar a la vez que desde toda la montaña empezaban a viajar municiones en sentido contrario al ataque. Nadie nos ordenó disparar, pero no hacía falta. Mi disparo fue el primero en mi pozo y el ruido y el olor a pólvora me causaron una sorpresa inicial. Era como si no hubiese sido yo el que tiró. Entonces todo empezó a suceder en un tiempo diferente, no sé si más lento o más rápido que el tiempo normal. Es más, te diría que la sensación era la de vivir en un tiempo inmóvil. Y ahí apareció el verdadero miedo.
-¿Cómo es?
-Es como los miedos que se suelen vivir en la infancia, como el miedo a la oscuridad o a los truenos. Un miedo puro, viseral, instintivo. El miedo de ver a quienes vienen a matarte. No hay forma de describirlo, sólo quienes lo padecen saben de qué se trata. Sólo estando en un sitio en donde la muerte es una posibilidad inmediata se puede sentir esa clase de miedo. Se siente en todo el cuerpo, se saborea, se huele, se palpa.
-¿Y qué hace uno con ese miedo, Pedro?
-Sólo puedo decirte lo que hice yo, pero cada uno reacciona de una manera diferente. Yo supe que tenía que sobrevivir y la forma de salir vivo de todo ese espanto es peleando y matando primero. Nadie va a venir a rescatarte, nadie puede detener toda esa locura. Para mí había una sola oportunidad: tirar primero, ser más rápido, matar para vivir. Cuando empieza el combate caen todas las banderas, todos los ideales, en el campo de batalla se pelea por la propia vida. Se pelea con desesperación, con una energía que proviene de nuestro instinto más lejano. Desaparecen el hambre, el frío y las debilidades. Uno se convierte en un manojo de músculos electrizados que atacan todo aquello que lo amenaza.
-Seguime contando la batalla.
-Todo fue en aumento. Se encendieron bengalas en el cielo y el paisaje se iluminó como un estadio de fútbol. Entonces pudimos verlos con mayor claridad. Estaban como a doscientos metros, algunos corrían al descubierto, exponiéndose. El ruido era ensordecedor por momentos, sobre todo cuando nos empezó a caer fuego de artillería. El aire olía a fuego y a tierra. Por momentos pasaban ráfagas de humo encima de nuestros pozo y cuando las begalas se extinguian volvía la penumbra. Al mirar hacia la izquierda podía ver los fogonazos de los fusiles de los Salteños. Y encima nuestro siempre se oía el tableteo de la M.A.G del Cabo Primero. Por un rato sentí que los estábamos controlando, te digo “sentí” porque no tenía como determinar eso. Pero ver a mis compañeros pelando me hizo envalentonar un poco, y además tenía la sensación de que los ingleses no avanzaban, que estaban siempre en el mismo lugar. Esa sensación me duró hasta que ví venir una luz hacia nosotros, era un cohete, te juro que pensé que se metía en nuestro pozo. Mis compañeros y yo nos hundimos todo lo posible para esperar el impacto. Yo solté el fusil y me agarré el casco con las dos manos. De pronto se sintió una explosión tremenda por encima nuestro.
El cohete no había sido para nosotros, sino para la ametralladora de López. El estallido casi nos voló el techo de la posición. Quedamos cubiertos de tierra, shockeados y medio sordos. El ruido de la ametralladora no volvió a escucharse. Eso fue desvastador. Sentimos de cerca la violencia de la guerra, más cerca que nunca. Volví a tomar el FAL, me temblaban las manos. Sabattini preguntaba si estábamos bien, Ledesma trataba de acomodar las chapas del techo. El Flaco y yo cruzamos una mirada que nunca voy a olvidar, una mirada de espanto, de angustia, como si cada uno hubiese buscado en el otro una explicación para toda aquella locura.
Volvimos a nuestras posiciones anteriores, con los fusiles hacia fuera y entonces sí noté que los ingleses estaban más cerca. Podía oír sus gritos, llamándose o dándose órdenes. Y también se escuchaban los gritos de los heridos, tanto de ellos como de los nuestros. Era terrible oírlos. Algunos daban alaridos bestiales, otros se quejaban continuamente durante minutos, a veces los nuestros gritaban cosas como “me dieron”, “no me dejen morir acá” o simplemente puteadas. Yo no podía soportar escucharlos, me daba espanto y también me daba bronca, fastidio, quería que se callaran. El Negro Ledesma volvió a disparar. Yo dudé, porque viendo a los ingleses acercarse temía que al disparar llamáramos su atención. Quería esconderme, quería desaparecer. Es increíble como la explosión me bajó las ganas de combatir.

Se queda en silencio un momento. Yo también. No atino a preguntarle nada. En mi mano derecha medio cigarrillo se me hizo ceniza sin darle una sola pitada.
Escuchar el relato de Pedro es todo lo que puedo hacer.

-No sé si maté a alguien. No puedo saberlo. Tiré al bulto y a bastante distancia. Puede ser que la haya dado a alguno, pero en ese caso no lo vi. De todos modos, de haber visto que maté, no sé si sentiría algún remordimiento. En medio de aquello matar no era un pecado. La guerra no tiene leyes, a pesar de lo que nos decía Altamirano. Cuando la batalla te pone en la desesperación de sobrevivir le cortás la cabeza a cualquiera. La guerra es otro mundo, no se la puede analizar desde la paz. No creo que me estés entendiendo. Mejor dicho, estoy seguro de que no podés entender lo que te digo.
-Hago lo posible Pedro.
-No sé cuánto tiempo habrá pasado. Pero de pronto un tipo se zambulló en nuestro pozo dándonos un susto tremendo, era Altamirano. Estaba transpirado y jadeante, con la cara salpicada de barro. Llevaba su fusil con la bayoneta engarzada. Nos dijo que nos teníamos que replegar, que teníamos a los ingleses encima y que la cosa no daba para más. En algunos puntos de la montaña ya nos habían sobrepasado. Nos pidió calma y nos dijo que caláramos las bayonetas en nuestros fusiles. A mí me temblaban tanto las manos que no la podía engarzar y él me ayudó. Nos dijo que nos iba a cubrir, teníamos que salir del pozo de a uno y correr hasta Tumbledown, en donde nos darían nuevas órdenes. El nos fue indicando en qué momento tenía que salir cada uno. Primero fue Ledesma, después Sabattini, después el Flaco y último yo. Al salir del pozo me encontré con el espectáculo de la guerra en todo su esplendor: la ladera rocosa bajo la luz flotante de las bengalas, las lucecitas rojas y mortales de las balas rebotando hacia todas partes, los estallidos de las bombas, los fogonazos de los fusiles, el humo y la visión apremiante de los ingleses caminando por nuestra montaña.. Delante de mí veía correr a mis tres compañeros y a otros que también salían de sus posiciones para retroceder. Correr, cuerpo a tierra, volver a correr. Ahí entendí por qué nos jodían tanto en la colimba con ese ejercicio. Mientras me alejaba llegué a oír por un instante los disparos de Altamirano, cubriendo nuestra retirada. También pensé en que estaba abandonando mis cosas, mi bolsa de dormir, mis cigarrillos, mi jarro. Sentí que no iba a recuperarlos y me dio pena . Correr en subida era agotador, pero siempre encontraba fuerzas para el tramo siguiente. Las balas me pegaban cerca, las veía y a veces las escuchaba golpear contra las rocas. Rogaba no cruzarme con un inglés, no tener que pelear cuerpo a cuerpo, no verme rodeado, no caer.
Entonces algo explotó cerca de mí, habrá sido un proyectil de mortero, de cañón, un cohete. La verdad es que no lo sé. Vi el relámpago de la explosión y de pronto me encontré tirado en el suelo, de espaldas y en medio de un profundo silencio. No escuchaba nada y sentí gusto a tierra en la boca. Pensé en levantarme, pero no pude, no me pude mover. Entonces ahí supe que aunque no me dolía nada estaba herido. Me quedé acostado, viendo las nubes que viajaban entre las estrellas. Y me sentí solo. Imaginaba a mis compañeros alejándose de mí, montaña arriba, pensaba que nadie iría a encontrarme y que me iba a morir en ese lugar. Pero al rato apareció frente a mí la cara del Flaco de la Torre. Me miraba de cerca y me hablaba. Pero yo no podía oírlo. No sé que me decía. Después aparecieron Sabattini y Ledesma, agitados y sudurosos. También me decían cosas que yo no oía, pero me hizo bien ver que mis amigos no me habían abandonado. Me levantaron y empezaron a llevarme. Podía verlos forcejear conmigo y con sus fusiles. Se me cayó el casco y todo se empezó a poner oscuro, como si se hubiesen acabado todas las bengalas. Poco a poco empecé a sentir que mis amigos estaban cada vez más lejos, junto con la guerra, las islas, mi casa, mi familia y el mundo entero. Ellos me sujetaban fuerte de los brazos y las piernas, pero en cuestión de segundos lo que sostenían ya no era yo. Morirse no es gran cosa. Es como vomitar: vos no querés, pero te pasa.
Así terminó mi guerra. Ya no tengo más para contarte. Ahora me tengo que ir.

Se levantó y se fue. Cuando la puerta del bar se cerró detrás de él, una curiosidad morbosa me tentó a seguirlo, pero no me atreví. En el improbable caso de que hubiese podido descubrir a dónde iba, estoy seguro de que ese es un sitio que todavía no quiero visitar.

-----------
Esto lo saqué de otro Foro, estaria bueno que si lo conocen digan de donde es el texto.
__________________
I feel my body weakened by the years. As people turn to gods of cruel design. Is it that they fear the pain of death. Or could it be they fear the joy of life.
  Responder Citando
Sponsored Links
Respuesta

Marcadores

Herramientas

Normas de Publicación
No puedes crear nuevos temas
No puedes responder temas
No puedes subir archivos adjuntos
No puedes editar tus mensajes

BB code is Activado
caritas están Activado
[IMG] está Activado
Código HTML está Desactivado
Trackbacks are Activado
Pingbacks are Activado
Refbacks are Activado


Temas Similares
Tema Autor Foro Respuestas Último mensaje
En la otra Vida Mvr0 El Barcito 0 04-may-2002 22:08
Malvinas Ozz El Barcito 3 09-abr-2002 10:41
Otra Funcion mas... Ozz El Barcito 9 12-oct-2001 11:13


La franja horaria es GMT -3. Ahora son las 10:34.



Creado por Quasar & Pablo Macaluso
info(arroba)elvortice.com